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Rebuscando la punta'e l'ebra XI

Revise la columna de opinión de Arturo Lavín.
Autor:

Por Arturo Lavín Acevedo alacolemu@hotmail.com

Casi justo a los dos años de haberse aparecido por el Mapocho, ya la incipiente conquista había estado a punto de fracasar. Salvo algunas ayudas venidas por la mar océano, el resto, todo, tuvo que venirse a caballo o a pié desde, digamos, el Cuzco. Buena tarea.

Con la llegada de los refuerzos a Valdivia lo acomete su espíritu fundador y en vez de asentar bien la nueva ciudad de Santiago del Nuevo Extremo, con los menos de 200 españoles y poco más de 150 caballos de montura, decide conquistar el territorio hasta el Maule. Seguramente en su mente pesó mucho el hecho que su modelo, Francisco Pizarro, había conquistado el inmenso imperio inca con un puñado de conquistadores montados.

Siempre había escuchado que los indios del Perú habían sido pésimos guerreros. Sin embargo, no hace mucho tiempo me informe que el problema fue otro. Los incas habían conquistado a muchos pueblos diferentes y los habían sometido a una regulación tal, durante tantos años, que la mayor parte de la población se sentía sojuzgada, por lo que apenas aparecieron los Viracochas a caballo, los consideraron casi como a sus libertadores. Por eso hubo tan poca resistencia de la plebe. Otro gallo les iba a cantar más al sur.

Será tiempo de invitar al tercer cronista de estas tierras. Aunque aún no llegaba por estos lados, pocos años después, en las octavas reales de su poema épico “La Araucana” calificó a la gente con la que iban a combatir los españoles y, al final, los chilenos, por casi tres siglos, así: “…la gente que produce es tan granada, tan soberbia, gallarda y belicosa, que no ha sido jamás por rey regida, ni a extranjero dominio sometida.”

Los promaucaes se atrincheraron en Palta (¿Apalta?) y desafiaron a Valdivia y sus nuevos refuerzos. Las posiciones habían sido admirablemente escogidas y don Pedro, después de varios días de asalto, con ochenta españoles bajo su mando, logró tomarse los “fuertes y albarradas e fosos que los indios tenían.” Después del triunfo, con falsas promesas de paz, emboscaron los indios a los españoles y estuvieron a punto de derrotarlos. Rodrigo de Quiroga dice al respecto: “No pudiendo sufrir la fortaleza y pujanza de los indios se volvieron a Santiago.” La retirada envalentonó a los indios que siguieron a Valdivia en su camino hasta el Maipo. Pero ahora, a campo llano, con cincuenta hombres de caballería, los derrotó completamente. Los vencidos pusieron fuego a sus casas, destruyeron todo lo que podía servirles a los españoles y, “dejando desamparado el mejor pedazo de tierra que hay en el mundo (Valdivia),” donde habían vivido por generaciones, se marcharon a radicarse entre sus hermanos al sur del Maule.

Esto ocurría por febrero del año de Nuestro Señor de mil e quinientos e cuarenta e cuatro años. En este momento se puede decir que nace el Chile agrícola, es la verdadera fundación del país y no sólo de la ciudad de Santiago. Se hace tierra de paz todo el territorio desde el valle de Santiago al río Maule. Ya puede el conquistador asignar encomiendas e facer repartimiento de tierras. Ahora se pueden dedicar a los cultivos, aún a una escala menor, pero, lo importante para nosotros, se pueden dedicar a la crianza de ganados e yegüerizos. Tan es así, que en las tierras de los picones, que se habían marchado, donde recibe una merced de tierra, el cura González de Marmolejo establece sus crianzas de caballos. Desde este momento empieza a gestarse el guaso, el vaquero de las haciendas de ganados que empezarían a propagarse como bendecidas por la mano de Dios. Se gestarían los arrieros, transportistas de bienes por los caminos que recién empezaban a tomar formas. Se establecerían las primeras casas rurales, desde las que se originarían las primeras haciendas de grandes extensiones y verdaderos núcleos de vida rural. Nacía el Chile viejo. El Chile de a caballo.

La paz debería favorecer la llegada de más españoles, algunos que con menos aptitudes de soldados se dedicarían al labrantío y a las crianzas. Además, la llegada de dueñas, que viniesen a poner orden en el concubinato generalizado, el que a fuer de enojar al Señor, sin embargo, estaba generando a los primeros chilenos mestizos, los que iban a hacerse cargo de la mayor parte de las labores agrícolas y ganaderas. De esta estirpe iba a generarse el guaso, medio español y medio indio de origen, pero con formación netamente castiza.

A este respecto don Francisco Antonio hace notar una característica sicológica fundamental de las etnias aborígenes de Chile, especialmente de los mapuches. Si bien su sociedad era patriarcal, en la mente femenil existía una admiración atávica por los vencedores. Para ellas era casi un honor el ayuntamiento con los ganadores. Esperaban engendrar hijos que fuesen más valerosos que los que habían sido vencidos. Aquí tenemos un caso de selección inducida pero en la especie humana. Seguramente que por generaciones venían repitiendo esto, y de ahí, la raza que habían formado.

Para el norte, la cosa seguía revuelta. Michimalongo, que tanto estaba de paz como de guerra, se escabullía hasta el valle de Limarí levantando a la gente en armas y complicándoles la vida a los españoles. El problema era que por ahí era la única comunicación que les permitía traer las faltas. Por lo tanto, Valdivia decide fundar una ciudad que permitiera establecer una guarnición que controlara los arrebatos de los naturales y darle así seguridad al transito entre Santiago y el valle de Copiapó, el que estaba a la friolera de ciento veinte leguas hacia el norte. Comisiona a Juan Bohon con treinta de a caballo para fundar una villa en el valle de Coquimbo. A diez de ellos les asigna encomiendas para que se estableciesen definitivamente en esos parajes. Así, a fines de 1544, nace la segunda ciudad española en los territorios de la Capitanía general de Chile, con el nombre de La Serena, en honor al pueblo en que había nacido el general. Esto último hay algunos que lo discuten. Tenemos 30 españoles y caballos menos, no muertos pero sí desparramados.

A Valdivia lo obnubilaba el saber que diablos existía más al sur, así Bibar dice: “Deseando el general saber lo que era la tierra de adelante, y viendo que por tierra no podía efectuar su deseo a causa de la poca gente que tenía… acordó por mar enviar a saber…” Para esto recurrió a Pastene y a un grupo especialmente formado para que, en su nombre y en el del rey, tomasen posesión de ella. “Salió el navío en tres días andados del mes de septiembre del año de mil y quinientos y cuarenta y cinco. Allegados a la provincia de los Cauquenes, tomaron los dos capitanes la posesión en nombre de su magestad y del general Pedro de Valdivia en su real nombre y, tomando lengua de la tierra, siguieron su viaje hasta cuarenta y un grado y un tercio y en un río que entra una gran bahía que se dice Cauten,…”

En lo personal, no es menor el saber que el nombre del terruño ya fue citado en 1558 y que, desde que Chile es Chile, o de antes incluso, existía la provincia de los Cauquenes.

Pastene regresó el último día del mes y dio cuenta de lo que habían visto, que la tierra era de una frondosidad vegetal casi inimaginable y que estaba muy poblada. Que el agua era abundantísima y que era si no el paraíso, algo muy parecido. A Valdivia más ganas de conquistar y poblar le bajaron, pero topaba con la escasez de soldados y potenciales pobladores. Así que decidió, con estas buenas noticias desconocidas en el Perú, mandar a buscar más gente, para lo que comisionó a Pastene y Monroy, como ya lo vimos antes.

La impaciencia del gobernador hizo que el 11 de febrero de 1546, saliese de Santiago con 60 jinetes bien armados hacia el sur, sin esperar la llegada de refuerzos. A orillas del Biobío tuvieron la batalla de Quilacura, de la que ya vimos su resultado.

Iban a pasar más de dos años más, entre la ida y vuelta de Pastene, la partida de Valdivia al Perú y su propio regreso, sin grandes variaciones en la población humana y caballar de Chile. Sólo es de destacar la llegada de Diego de Maldonado, que venía con Ulloa con gran cantidad de pertrechos, hombres, armas y caballos, todos comprados con el dinero que Valdivia había mandado al Perú con ese objeto. Pero el tal Ulloa, traicionando a Valdivia, venía con el encargo de hacerlo desaparecer. Los sucesos del Perú hicieron que Ulloa y todo su contingente se volviesen a participar en las reyertas del virreinato, incluso habiendo estado con Pizarro al comienzo, al fin, terminó peleando por la corona. No era muy fiable el hombre.

Ulloa había llegado hasta Atacama la chica, con 130 hombres, es decir estaba a tiro de honda de Chile. Cuando volvió grupas, Diego de Maldonado se rehusó a retroceder y logró su anuencia para seguir a Chile con diecinueve soldados. Según su relato, pasaron el desierto, pero en Copiapó sufrieron el ataque de los indios que mataron a nueve de ellos. Explica que venían sin corazas y en unas yeguas chúcaras que traían para cría, porque Ulloa les había arrebatado hasta los caballos. De los diez sobrevivientes, dos se quedaron en Coquimbo y los otros ocho llegaron a Santiago ya casi en las últimas.

Ya vimos que Valdivia se fue al Perú a pelear por las armas de la corona y ganó el campo para sus huestes, lo que le valió el reconocimiento del presidente La Gasca (Presidente de la Real Audiencia de Lima) y nuevas provisiones de “Gobernador por el Rey.”

Creyéndose desocupado, Valdivia recibió las nuevas provisiones de La Gasca y, despidiéndose del presidente, puso manos a la obra para conformar un grueso contingente de hombres y pertrechos con que volver a su abandonada capitanía. Despachó a Esteban de Soza con 80 de a caballo hacia el valle de Atacama, donde, recogiendo provisiones, deberían esperarlo. Con eso casi aumentaba en un tercio las huestes que tenía en Chile. También despachó a dos capitanes, Cristóbal de la Cueva y Diego de Oro, hacia Villaviciosa, en Arequipa, a enganchar gente y a que lo esperasen. A Juan Jufré lo mandó a Charcas para que recogiera contingente y se adelantara hacia Atacama a juntarse con Soza.

Salió del Cuzco el 26 de abril de 1548 hacia Los Reyes, se fue al Callao donde requirió la entrega de dos naves que el presidente le había traspasado, compró otra y a la más grande la mandó a aparejar a Panamá para poderla mandar al sur a descubrir hasta el estrecho, el límite sur de su capitanía. “Como era solícito diose tan buena maña que dentro de un mes tenía la armada presta. Salió del puerto de la ciudad de Los Reyes el gobernador dentro de la galera y sus galeones en conserva.” Hizo parar en Nasca, donde saltó a tierra con seis hombres, para seguir a caballo porque venía muy incomodo navegando. Dejó en el mando a Gerónimo de Alderete acordando juntarse en Arica: “que es la última escala de los reinos del Pirú navegando para Chile.”

Fue muy bien recibido a su llegada a Arequipa, “ansi de sus capitanes y gente, que tenía allí recogida para llevar a la gobernación de Chile.” A los diez días se puso en marcha hacia Tacana, donde estableció su real esperando que Alderete lo pasara a buscar en las naos. “Estaba allí con cuarenta de a caballo y otros tantos a pié.” Son ochenta más, y cuarenta pingos. Allí lo alcanzó Pedro de Hinojosa con la perentoria del presidente para que volviera a su presencia a descargarse de las acusaciones que le hacían varios de los pobladores de Santiago. Ya vimos que de lo único que no se salvó fue de su convivencia con Inés de Suarez, por lo que tuvo que apartarla de su casa y realizó todos los acuerdos para que uno de sus mejores capitanes la desposara. Éste fue Rodrigo de Quiroga, del que fue su devota esposa hasta su muerte. Nunca más cruzó palabra con el gobernador, el que no iba a vivir mucho tampoco.

A su vuelta, o revuelta hacia Chile, parte con diez hombres hacia Arequipa de nuevo. Llega a Tacna y cae enfermo por varios días, tanto que, no bien restablecido pero ansioso, decide partir hacia el sur y lo tienen que conducir en parihuela por no ser capaz de montar. Llega a Arica donde lo esperaba Alderete y organiza el viaje hacia Santiago. Parte en barco con 150 hombres y Pedro de Villagra lo hace por tierra con cuarenta jinetes y 120 caballos. Aquí tienen que haber ido un buen número de dobladuras y yeguas de cría.

En Guasco hace desembarcar a Diego de Oro y tres más, para que a pié vayan a avisar a La Serena de su llegada y la necesidad que los esperen en la playa con provisiones, ya que los 150 que venían en el galeón estaban por empezar a comerse entre ellos. Como no volvían los emisarios, decidió seguir hasta Coquimbo por la mar. Donde desembarcó cincuenta soldados y los mandó acercarse a La Serena.

Bueno, ya dijimos que a los problemas les había dado por presentarse en serie en contra de la azarosa conquista. No fueron buenas las noticias que recibió el gobernador, así que hizo desembarcar más contingente y tuvo que lamentarse de lo acaecido. Pero démosle holgura a los pingos que, por Dios que han tenido que tranquear harto.

Arturo Lavín Acevedo, Cauquenes del Maule, agosto del 2011.

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