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"Pura Mala Pata", un notable relato publicado en el Anuario de 1956

Revisa esta historia que aparece en la Revista de la Asociación de Criadores de Caballares.

"Pura Mala Pata" se llama este notable relato publicado en el Anuario de 1956 de la Asociación de Criadores de Caballares, que te invitamos a revisar a continuación.

Esta es la transcripción del texto:

Las deudas me tenían acorralado. Y el cerco que yo trataba de salvar era como de siete corridas de alambre de púas, tenso y cortante sobre postes de roble inconmovible. En vano me paseaba por los costados del estéril proterillo, tanteando, a veces, la puerta y calculando, otras, la posibilidad de saltarlo sin magullarme. De pronto, comprendí, que no podría franquear la puerta ni saltar la alambrada. Habría que seducir al amo que allí me había encerrado y convencerle de que él, por sus propias manos abriera el candado y me diera salida.

Me encaminé, pues, al Banco para hablar con el implacable Agente. Montaba en mi mejor yegua corralera, "La Buenamoza", y abrigaba mi entumecido corazón mi más lindo chamanto, el de colores rojo y negro con adornos de oro. Mis zapatos brillaban tanto como la chispa de mis esperanzas.

Ni hablar siquiera de una nueva prórroga al sobregiro, ni de otro descuento de de letra de favor. Todos esos recursos ya estaban gastados, acaso tanto como mis ropas interiores. De ellas no me preocupaba mucho, porque no serían vistas por el Agente. Ellas sí que guardaban perfecta consonancia con mi realidad económica, y sólo las conocía mi pobre y abnegada mujer.

Entré vibrante a la Oficina de don Eduardo, cual si fuese a depositar millones o a dar bienes en administración.

- ¡Hola, mi querido amigo! ¿Cómo está Ud.?

Por la abulia y frialdad del saludo del Agente comprendí que mis esperanzas no tenían mucho asidero en la realidad.

- ¿Qué lo trae por aquí? El tono de su pregunta era como si quisiese decir: "No veo por qué se presenta cuando lo único que tiene que hacer es depositar en su cuenta para cubrir el sobregiro y pagar, a su vencimiento, los avances contra aceptación". Es decir, que desde la mirada hasta el más leve matiz de las palabras de don Eduardo, olían a pesos por recibir y a ni uno solo por dar.

- Don Eduardo, me trae por estos lados, la gratitud. Harto tiempo ha sido Ud. el único que se ha portado gentil. Vengo ahora a retribuir. He decidido vender el mejor de mis caballos de vaca y antes de ofrecer a nadie "La Buenamoza", he querido darle a Ud. la oportunidad. Para todo el mundo pediré $300.000, pero para Ud. sólo vale $200.000.

- No es posible.

- ¿No me ha dado Ud. facilidades para arreglar mi situación? ¿No tengo derecho a ser agradecido?

- Bueno; dejemos eso del precio a un lado y veamos un día la yegua.

- Al ladito afuera está.

- Veámosla al momento.

- Tengo aún público que atender. ¿Me podría esperar hasta la una?

- Lo espero y almorzamos juntos en el Club.

- Conforme.

El pelaje color dulce de membrillo –del lacre, pues también lo hay bayo- de "La Buenamoza" brillaba bajo el sol. En cuanto sintió el tintinear de mis espuelas, dio vuelta su simpática cabeza y me miró, como preguntando:

- ¿Qué intentas amo querido?

Le esquivé la mirada y encontré preferible fijarla en el grotesco quiste sebáceo que don Eduardo ostentaba en su nariz carnosa.

Mi absurda imaginación me llevó a pensar que, acaso, esa protuberancia era una forma de ahorro de materias grasas del Agente. Y sentí que el acumulamiento estático –sea de dinero, sebo o cualquier cosa- era algo asqueroso.

De la nariz pasé la mirada a los ojos de don Eduardo y vi brillar en ellos el relampagueo de la codicia.

- No se puede negar que es soberbia la yegua, don Enrique. Dijo con voz emocionada.

- Es suya desde hoy. Pero lo único que le pediría es que me deje correrla, por última vez, en el rodeo de Chimbarongo, la semana próxima.

- Bien; pero el precio…

- No hablemos de cosas prosaicas ante la belleza ideal de esta bestia. Ya lo arreglaremos… Vamos a almorzar.

Entre trago y trago, acordamos que el precio sería de $230.000, y que el sobregiro se me prorrogaría por veinte días. El premio del rodeo –si lo lograba- sería en mi propio beneficio. Así quedaba disimulada la enorme rebaja en el precio de la venta, y aquietada la conciencia del agente bancario.

Lucho Pérez, mi mayordomo de campo y arreglador de caballos corraleros, se preocupó que nos tocara un novillo grande, lobo y fuerte.

Arrancó el novillo. Lucho, gritando como un endemoniado me lo arriaba: ¡Au, au, au!

Llegamos a la quincha, y antes que se terminara, la maestra yegua lo atajó del cuarto trasero.

- ¡Tres puntos buenos!, vociferó, gangoso, el altoparlante.

Siguieron las pruebas eliminatorias y ya era indiscutible que el premio me pertenecía. El Agente, desde las tribunas, me miraba con terneza maternal y yo le sonreía con gratitud de cliente sobregirado.

Llegaba nuestra última corrida. Si lográbamos un solo punto bueno, ganábamos la competencia.

Por insinuación de Lucho, escogí un novillo atorunado, negro, corpulento y vivaz. Yo arriaba: ¡A toro diablo! ¡A toro diablo!...

Mi mayordomo y arreglador lo atajó en forma magistral, gracias a la potencia de tanque de su potro "El Coirón”. El agente me miró con ternura celestial.

Lucho arriba y yo atajaría. Empezamos a correr paralelos en la quincha. De pronto, el veloz atorunado frenó en seco, mi yegua resbaló por los flancos lubrificados por el sudor; el cuero aguzado rajó mi pantalón y mi faja; la Buenamoza se enredó y cayó de bruces, y yo salté lejos. No me golpié fuerte y me incorporé con rapidez, tan velozmente que no me di cuenta que los pantalones se me quedaban en los tobillos y yo exhibía a todo el público –incluso a don Eduardo- mis calzoncillos más remendados que carpa de circo pobre. Me subí los pantalones y fui a ver por qué "La Buenamoza" no se incorporaba. Tenía una expresión de dolor en sus ojos y resoplaba. El nudillo de la mano izquierda sangraba. Le moví la pata: estaba lacia, quebrada. Yo también estaba quebrado. Miré a don Eduardo, asomado sobre la quincha. Su expresión de ternura se había esfumado y sin decirme palabra alguna me dio a entender su juicio acerca de mí, con ambas manos vueltas hacia la bóveda celeste y los dedos crispados en la misma dirección, mientras les imprimía un vaivén hacia arriba y hacia abajo, como si soportara el peso de dos cuerpos enormes.

E.A.

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